Madonna se ha desfogado a base de dance emulsivo y electrónica inspiradora, con un álbum que adquiere la corporeidad de un bisturí pertinaz, regado por multitud de experiencias hipnóticas, a ritmo de percusiones profundas y compases vaporosos. Confessions II (Warner Music) es una especie de diario de animosidad progresiva, en el que la voz seductora de Madonna ejerce de fantasioso y mágico DJ, consciente de que la fiesta debe continuar sin tregua, hasta darlo todo a lo largo de dieciséis cortes sin fornteras aparentes.
Las invitaciones de las sucesivas canciones de esta esperada y acertada secuela del icónico disco Confessions on a Dance Floor, editado en 2005, trasladan a los oyentes a los universos ilusorios de clubs de etiqueta, consumidos por el olvido y el polvo de las décadas acumuladas, en los que el baile consume las alternativas de ocio menos vampíricas.
El inteligente y creativo productor, músico y DJ Stuart Price (colaborador de la “ambición rubia” en Confessions on the Dance Floor) vuelve a ayudar a la reina del pop para configurar un trabajo plagado de sensaciones multicolores alumbradas por una figurada pista de diseño, donde la anatomía se convierte en el mejor aliado para aceptar la aventura propuesta desde songs tan determinantes y aguerridas como la eufórica I Feel So Free (el primer track del disco).
Como si se tratara de una película, la icónica cantante de Material Girl une de manera efectiva y glamurosa cada una de sus múltiples pieles profesionales a través de la deiciséis piezas conceptuales y juguetonas que conjuntan el disco, desde la faz popera de Girl into the Groove a los eróticos ecos imperecederos de Vogue. Confessions II concita la mayoría de los elementos que han hecho de Madonna un fenómeno ajeno a las modas y las épocas, una diva de los escenarios que se reinventa a cada paso, sin renunciar a su marca personal e intrasferible, pese a su cuidada evolución creativa.
MADONNA SE PASEA CON ELEGANCIA DISCOTEQUERA POR EL PASADO GLORIOSO DE UN MUNDO DOMINADO POR LAS PISTAS DE BAILE
La afirmación de “voy a narrar mi vida desde una pista de baile“, que Madonna pronuncia con convicción a travñes de los surcos del tema I Feel So Free, revela las intenciones de un trabajo que no esconde los gustos y preferencias de esta mujer inabarcable, que no siente complejo alguno a la hora de rememorar sus retos familiares y profesionales. Entre los apuntes consanguíneos de Confessions II, resulta especialmente interesante el dueto que la intérprete de Evita mantiene con su hija mayor, Lola Leon. Una colaboración que desvela uno de los temas más emotivos del álbum, en el que la madre le pide perdón a su daughter por las contrariedades que la fama le han podido causar; y donde Lola Leon se ve animada a seguir su propio camino, pese a ver su reflejo en la figura cegadora de su célebre mother.
Cada uno de los tracks de la secuela de Confessions on the Dance Floor viene a ser como una página ilustrativa de la existencia de Madonna, como persona y artista. Mientras la primera parte de esta continuación de la bilogía está sujeta a un desenfrenado curso de mixturas EDM (electronic dance music), la evolución del álbum va descargando -con tonos suaves- la ansiedad anterior, para recalar sensiblemente en baladas tan agradables como L.E.S. Girls.

En el ecosistema ideado para Confessions on the Dance Floor II persiste la esencia del añejo e impactante Ray of Light, con el que emulsuinó el significado de la primera entrega de esta saga musical. Un nexo de unión que explicita con contundencia el tema My Sins Are My Savior, que la vocalista estadounidense entona al lado del rapero belga Stromae.
Sorprendente, inspirador, fantasioso y colorista, el decimoquinto CD de Madonna es, como dice ella en una de sus canciones, “la historia de una superviviente“, relato sonoro que es capaz de remontarse subliminalmente al Nueva York de los años ochenta del pasado siglo XX, y reclamar la aparición fantasmal de los locales más populares en ese momento, con cantos prestados de gente tan inmortal como Lou Reed.
Con tales inspiraciones, Madonna Louise Ciccone propone ir un paso más allá en su exitoso universo de ritmos contagiosos, en el que cabe incluso la posilidad de “comerse un croisant y dejarse llevar“.